La preciosidad no se mide únicamente por la rareza
Ciertas materias poseen naturalmente un imaginario poderoso.
Una flor recolectada durante unas pocas semanas al año. Un aceite obtenido de un fruto particular. Una planta cultivada en una región concreta. Una materia que requiere un trabajo considerable antes de poder utilizarse.
Esta rareza puede contribuir naturalmente a su valor.
Pero no es suficiente.
En cosmética, una materia extremadamente rara no es necesariamente más interesante que una materia más común, perfectamente seleccionada e inteligentemente formulada.
Lo valioso no siempre es lo excepcional. Puede ser lo exacto.
Todo comienza con el origen
Antes de ser un nombre inscrito en una lista de ingredientes, una materia tiene una historia.
Procede de una planta, una semilla, un fruto, una flor, un mineral o un proceso de transformación.
Su origen puede influir en sus características.
El clima, el suelo, la variedad botánica, las condiciones de cultivo, el período de cosecha y los métodos de conservación contribuyen a determinar en qué se convertirá.
Así, dos materias con el mismo nombre pueden presentar diferencias.
Por eso, conocer una materia comienza mucho antes de incorporarla a una fórmula.
Recolectar en el momento adecuado
La naturaleza tiene su propio calendario.
Una flor no se recolecta simplemente cuando resulta práctico hacerlo. Un fruto, una semilla o una hoja evolucionan a lo largo de su maduración.
En ciertos saberes tradicionales, el momento de la cosecha forma parte integral del conocimiento de la materia.
Esta noción nos interesa especialmente.
Nos recuerda una evidencia que nuestra época tiende a olvidar:
La calidad exige a veces aceptar el ritmo de aquello que no controlamos por completo.
Transformar sin perder lo esencial
Entre la materia de origen y el ingrediente cosmético suele existir una etapa determinante: la transformación.
El prensado, la extracción, la filtración, la purificación, la destilación y otros procesos permiten obtener materias utilizables en una formulación contemporánea.
El método elegido importa.
Porque transformar no significa simplemente extraer el máximo.
A veces es necesario buscar un equilibrio entre la eficacia del proceso, la estabilidad, la calidad y la preservación de las características buscadas.
La ciencia interviene precisamente aquí.
Permite conocer, medir, controlar y reproducir.
La tradición nos enseña a observar la materia.
La ciencia nos permite comprender mejor lo que observamos.
Natural no significa automáticamente valioso
El origen natural de un ingrediente posee un valor particular en nuestra relación con el cuidado.
Pero la palabra «natural» nunca debería bastar por sí sola para definir la calidad.
Una materia natural puede ser excepcional.
También puede estar mal elegida, mal conservada, ser inestable o simplemente no adecuarse a la fórmula en la que se utiliza.
Por el contrario, la formulación cosmética moderna permite trabajar las materias con una precisión considerable.
Oponer sistemáticamente naturaleza y ciencia sería, por tanto, reduccionista.
En SHAYKO, preferimos buscar su encuentro.
La naturaleza aporta su riqueza.
La ciencia le aporta la precisión necesaria para su uso.
Una materia solo tiene valor si cumple una función
La acumulación de ingredientes espectaculares puede resultar seductora en una etiqueta.
Pero una fórmula no es una colección.
Cada materia debería tener una razón de ser.
Algunas contribuyen directamente al confort de la piel. Otras contribuyen a la textura, la sensorialidad, la estabilidad o la experiencia olfativa.
Por tanto, lo importante no es saber cuántas materias excepcionales puede contener una fórmula.
La verdadera pregunta es:
¿por qué están ahí?
Esta cuestión cambia profundamente nuestra manera de considerar la cosmética.
Más no es necesariamente mejor
El universo del cuidado ha valorado durante mucho tiempo la acumulación.
Más activos.
Más ingredientes.
Más promesas.
Sin embargo, la sofisticación de una fórmula no se mide por su longitud.
Una composición equilibrada puede ser más elegante que una fórmula que busca reunir todos los ingredientes del momento.
Crear también consiste en renunciar.
- Retirar lo que no es indispensable.
- Reequilibrar.
- Empezar de nuevo.
Hasta que cada elemento encuentra su lugar.
La concentración no lo cuenta todo
Otro atajo consiste en pensar que una concentración más elevada significa necesariamente un mejor cuidado.
No siempre es tan sencillo.
Cada materia tiene sus propias características, sus condiciones de uso y su equilibrio dentro de la fórmula.
La cosmética es precisamente un trabajo de interacciones.
Por tanto, lo importante no es únicamente la cantidad de un ingrediente considerado de forma aislada, sino cómo se ha concebido el conjunto.
La precisión comienza cuando la cantidad deja de ser un argumento suficiente.
La trazabilidad, una forma contemporánea de lo preciado
Antiguamente, el valor de una materia podía basarse principalmente en su rareza o en los conocimientos necesarios para transformarla.
Hoy, otra dimensión se vuelve esencial: saber de dónde procede.
Conocer su origen, sus características y las condiciones en las que se ha producido contribuye a un enfoque más responsable de la formulación.
La trazabilidad no es espectacular.
No se ve al abrir un tarro.
Sin embargo, forma parte de esas exigencias invisibles que pueden distinguir una materia simplemente seductora de una materia verdaderamente dominada.
El perfume también tiene sus materias
En Grasse, este conocimiento de las materias adquiere una dimensión particular.
El perfume nos recuerda que una materia puede ser infinitamente sutil.
Una flor nunca es simplemente «floral».
Una materia olorosa puede revelar distintas facetas, evolucionar al contacto con otros elementos y ocupar un lugar diferente según la composición.
Es todo un arte de ensamblaje.
Esta cultura nos enseña algo esencial para el cuidado:
la belleza de una materia no basta. También hay que saber combinarla.
Una materia preciada puede ser discreta
A veces asociamos lo preciado con aquello que se percibe de inmediato.
Sin embargo, algunas materias cumplen su función sin convertirse nunca en el centro del discurso.
Contribuyen a la flexibilidad de una textura, a su deslizamiento, su confort o su estabilidad.
El consumidor no conoce necesariamente su nombre.
Sin embargo, percibe el resultado en el gesto.
Quizá esa sea otra definición del lujo:
dar importancia a lo que no necesariamente será visible.
La sensorialidad forma parte de la materia
No percibimos una fórmula únicamente por la eficacia que esperamos de ella.
También la percibimos a través de los sentidos.
- La forma en que una crema se deposita sobre la piel.
- La fluidez de una leche.
- El tacto de un aceite.
- El aroma que aparece y luego se desvanece.
- La sensación que permanece unos minutos después de la aplicación.
- Todas estas percepciones nacen del encuentro entre distintas materias.
Por tanto, la sensorialidad no es necesariamente un añadido a la fórmula.
Puede ser la expresión misma de su construcción.
Una materia antigua puede ser profundamente contemporánea
Algunos aceites vegetales, plantas o materias perfumadas se utilizan desde hace generaciones.
Esto no significa que su uso actual deba reproducir el del pasado.
- El conocimiento científico permite hoy caracterizar mejor los ingredientes, comprender sus propiedades e integrarlos en formulaciones más controladas.
- La tradición puede transmitir una intuición.
- La ciencia permite interrogarla.
Precisamente este encuentro es lo que nos interesa.
Forjada por la tradición, perfeccionada por la ciencia.
El precio no define el valor
Una materia costosa no es automáticamente mejor.
Y una materia accesible no es necesariamente ordinaria.
El agua es quizá el mejor ejemplo.
Constituye una parte importante de numerosas fórmulas cosméticas y, sin embargo, parece perfectamente banal.
Pero la calidad de una fórmula nunca depende del prestigio individual de cada uno de sus componentes.
Se basa en el conjunto.
En la cocina, la perfumería y la cosmética, un ingrediente espectacular mal utilizado no crea necesariamente una gran composición.
El dominio suele valer más que la ostentación.
Elegir en lugar de acumular
En SHAYKO, esta idea ocupa un lugar importante en nuestra manera de concebir el cuidado.
No queremos considerar una materia porque esté temporalmente de moda o porque su nombre tenga una fuerza de marketing particular.
Nos interesa ante todo lo que aporta.
- De su coherencia.
- De su sensorialidad.
- De su lugar en el equilibrio general de una creación.
Porque la sofisticación no depende necesariamente del número.
A menudo, proviene de la selección.
Entonces, ¿cuándo se vuelve valiosa una materia?
Tal vez cuando reúne varias dimensiones.
- Un origen comprendido.
- Una calidad controlada.
- Una transformación respetuosa con su naturaleza.
- Una trazabilidad.
- Una función real.
Y, sobre todo, de un lugar adecuado en la composición.
Su valor ya no proviene únicamente de lo que es.
Proviene de lo que sabemos hacer con ella.
Esta es la definición del valor que nos interesa.
Un valor menos ostentoso.
Más exigente.
Más contemporánea.
Y profundamente vinculada a nuestra visión del cuidado.
« Una materia no se vuelve valiosa porque sea rara. Se vuelve valiosa cuando su calidad, su función y su lugar en la fórmula resultan evidentes. »
SHAYKO Grasse
Cuando el cuidado se convierte en una firma.
